Anhelos

Arrastrar con fuerza los deseos
De gritar a pleno pecho mis anhelos
Ocultándolos de los ojos del ateo
Al sentimiento humano que aún profeso
Y no es que le tema a lo que veo
Sino que los quiero conservar
Puros, intactos, bellos como el vuelo
De un ángel que nos viene a visitar
Asi celosa guardo mis anhelos
Solo para quien los sepa apreciar
No vendrá el impuro malicioso
A manchar y pisotearlos sin piedad
Ni dejaré que se apodere de mi esencia
Y me absorba poco a poco hasta secar
Las aguas cristalinas, transparentes
y las quiera convertir en pantanal
Eterno será mi cuidado con recelo
Para que pueda disfrutar de la belleza
Que aún existe y que siempre existirá
si los guardo y los protejo, los conservo
Y así también tendré para mostrar
Tan solo a los que saben lo que es bello
Lo grande que es soñar y anhelar
Creyendo en lo bueno que tenemos
Sabiendo lo bonito que es amar.

Fuego

Arde sin cesar dentro de mi
subiendo a cientos de grados celsios
la temperatura de mi cuerpo
sin saber que me está sucediendo.

Ni la más fuerte nevada puede apagar este fuego,
ni la ola más alta,
ni el viento más fresco
que sopla rápido y ligero sobre mis besos
que esparzo en tu piel con total desenfreno
cubriendo cada pedacito de tu cuerpo.

Este fuego me consume
y se esparce sin control
como un volcán que despierta
pronto entraré en erupción.
Solo tus besos me frenan
y apaciguan mi calor.
Tus brazos son dos barreras
conteniendo la pasión
que ocasiona este incendio
donde ardemos tú y yo.

Brisa

Como la brisa que me acaricia
y me despeina con suavidad
Que me rodea y me refresca
dándome un poco de paz
Así es mi canto que se desliza
entre mis labios y va a viajar
siendo llevado por esa brisa
que tanto amo y siento pasar.
Mi canto juega, se va alejando
Junto a la brisa que llega al mar
y se detiene ante tu ventana
Cuando la brisa entra a tu hogar
Va y te acaricia
Junto a mi canto
Dandote amor y paz.

El pastor de sueños

Cuando era una niña, mi madre solía decir que siempre estaba en las nubes. Ahora, siendo una adulta, yo misma me digo que estoy siempre en las nubes. Resulta ser, que esa distracción, no es nada más que soñar despierta. Sólo la padecen personas soñadoras como yo; porque cada una de esas nubes sobre las que volaba, no eran más que sueños que nacían e iluminaban mi mente, llevándome con ellos.

Dedicado a mi abuela.

Siempre que amanecía, el gallo cantaba a todo pulmón. A veces me enfadaba porque me despertaba con tanto alboroto y batir de alas. En casa de mi abuela todo se escuchaba. Y nada más salía el sol, la luz entraba por todas las hendijas de las paredes y las ventanas.

Era una modesta casita de madera en el campo adonde iba en las vacaciones de verano, año tras año, con mis hermanas y mis padres.
Todo era muy humilde. Había un televisor que se veía en blanco y negro, un radio Selena en el que mi abuela escuchaba las novelas, un refrigerador ruso y un fogón de keroseno. Los muebles eran pocos y viejos. El baño pequeño y oscuro, con una cortina de tela. Allí nos bañábamos con una latica y un cubo de agua. En el patio estaba la letrina en una pequeña caseta de madera con una puerta maltrecha y dentro un cajón, como untrono, con un agujero en el medio para que te sentaras en él a realizar las otras cosas que no podías hacer en el baño de la casa. Pero eso sí, en los dos lugares siempre había un sapo gris y gigantesco ¿serían primos? Esperando que llegaras para mirarte con los ojos saltones y fijos. No importaba cuantas veces los sacaran, siempre volvían a aparecer en el mismo lugar; y yo, muerta de miedo, trataba de hacer todo lo más rápido posible antes de que me saltaran encima.

En el patio habían muchas plantas y árboles. Además habían gallinas, pollitos, gallos y conejos en jaulas. A mí me encantaba ir a casa de mi abuela porque llegar allí era como entrar en un mundo de magia, lleno de animales, sonidos misteriosos e innumerables aventuras.

Mi abuela era un ser que tenía luz. Para mí, era como las ancianas sabias que siempre tienen una historia que contar y me trataba con mucha dulzura. Cada día comenzaba con emoción y alegría, con el olor de la sambumbia caliente y el sabor dulce del queque. El olor de la hierba fresca bañada con el rocío del amanecer y el canto de los pájaros.

Cuando yo entraba al patio me perdía entre la fantasía y la naturaleza, jugando con los animales y haciendo descubrimientos. Lo mismo corriendo espantada huyendo de una gallina enojada porque le cogía un pollito, que removiendo la tierra en busca de lombrices; recogiendo renacuajos en pomos de cristal con mis primos que luego mi tío nos botaba o dándole de comer a los conejos hojas de lechuga, hierbas frescas y zanahorias.
Con mis hermanas y primos hacíamos un equipo de niños exploradores y nos poníamos a buscar lo que fuera, podía ser un nido de arañas en la tierra o perseguir a un colibrí. Una vez, en un montecito lleno de matas; nos metimos y preparamos con la emoción de lo nuevo y escondidos de los demás una especie de fogata, hecha por nosotros mismos. No era nada extraordinario pero si lo suficiente como para poder encenderla con los fósforos que nos llevamos escondidos de la casa . Cuando las hierbas empezaron a arder, una vecina nos vio y avisó enseguida. No hubo daños mayores pero nuestra aventura terminó con gran regaño por jugar con fuego.

Un día que estaba sentada en la entrada de la casa; como solía hacer frecuentemente para mirar a la abuela echar migajas de pan y arroz a las gallinas en el portal, pasó un señor muy raro que la saludó y siguió de largo. Era un anciano muy alto, flaco, con cabello y barba gris, bastante descuidada. Usaba una camisa de mangas largas, un sombrero grande y una vara larguísima de color negro que le marcaba el paso, lento y acompasado.
-“mi niña, ese es el pastor de sueños”- dijo mi abuela al advertir que lo miraba con atención.
-“¿el pastor de sueños? ¿Qué es eso abue?”
Ella con los ojos abiertos, esbozando una sonrisa, se sentó junto a mí y me dijo:
-“ ese señor es muy viejo, más viejo que el camino por el que anda, nadie sabe qué edad tiene y hace muchísimos años anda por los campos y las ciudades buscando sueños perdidos. Los agrupa con su gran vara, los cuida y los devuelve a su lugar de origen… ¿Sabes? Es muy importante tener sueños y tratar de no perderlos porque cuando esto sucede cosas malas pueden pasar”. Luego se levantó y se alejó hacia la cocina con su paso habitual suave y cansado. Y allí me quedé yo, imaginando al pastor de sueños empujando con su larga vara, reuniendo con esfuerzo y trabajo, a un montón de sueños, que eran como nubes. Recogiéndolas por el camino, llevándolas todas juntas flotando sobre su cabeza adonde él fuera. -“¿encontrará hoy algún sueño perdido?”

Las vacaciones transcurrían tan enérgicas y alegres como siempre. Una tarde, mientras una de mis primas nos lanzaba ciruelas encaramada en un árbol del patio, para que las fuéramos recogiendo y guardando en una bolsita, escuchamos repentinamente un grito desgarrador que venía de la casa y cuando miramos vimos a la abuela salir corriendo con mi tío. Mi prima se bajó del árbol y corrimos hasta la entrada de la casa. Sabíamos que algo había pasado pero al llegar nadie nos dijo nada y había un gran silencio. El día transcurrió muy tranquilo, mi madre se veía muy triste y los adultos murmuraban para que no pudiéramos escucharlos.
-“¿dónde está la abuela?”- le pregunté a mi madre. Ella me miró con los ojos húmedos y respondió –“no te preocupes que dentro de poco vuelve”. La abuela regresó en la noche. No se parecía a la de siempre. Su luz había desaparecido, se veía mucho más vieja y triste. Esa noche no hubo cuentos ni risas. Al otro día casi todos los adultos se fueron tempranito y no volvieron hasta la tarde. Al llegar se veían cansados y desanimados, como si hubieran tenido que atravesar una tormenta a pie y lo hubieran perdido todo en el camino. Mi prima me dijo que habían ido al entierro de una tía que yo no veía desde pequeña porque vivía lejos de allí con su esposo. Me contó que se había prendido fuego porque se iban a separar y ella estaba desesperada. Vivió sólo unas pocas horas después , con dolor extremo y arrepentida de lo que había hecho.
Aquella historia me impresionó tanto que esa misma noche soñé con una mujer hermosa que ardía en fuego y lloraba mucho, me asusté tanto que me desperté y aún despierta me parecía escuchar el llanto de la mujer de mis sueños, hasta que me di cuenta que el sonido del llanto venía del cuarto de mi abuela. Mi madre también estaba despierta y me vió, entonces me dijo:
-“vamos, duérmete mi angel”- y me dió la vuelta.

Al otro día, me acerqué a mi abuela y le pregunté por qué estaba tan triste. Ella me respondió:
-“mi niña, es que mi hija más pequeña se olvidó de sus sueños y ya no está con nosotros…. ¡la extraño mucho!”.
Y allí nos quedamos en silencio, una junto a la otra. En mi mente apareció el pastor de sueños.
”Mi abuela me había dicho que cosas malas pasan cuando se pierden los sueños ¿Acaso aquel señor no pudo haber ayudado a mi tía a recuperar sus sueños?…Quizás está muy lejos. Hace tiempo no lo veo ¡Es que deben ser muchos sueños perdidos y él es sólo uno!”

Después de eso, todos los días me sentaba en la puerta de la casa para ver si lo veía pasar. Los días pasaron y una mañana, ya casi terminando las vacaciones, cuando abrí los ojos, me pareció ver más luz en la casa. Se veía como antes ¡mágica! Y el olor de la sambumbia y el café me parecían más sabrosos. Escuché unas voces en la cocina y me levanté corriendo. ¡Estaba allí! Con su vara larga que llegaba hasta el techo, lleno de polvo del camino y los zapatos gastados de tanto caminar. El pastor de sueños le devolvía a mi abuela el jarrito de aluminio donde se había acabado de tomar el café calentico con una sonrisa en los labios.
-“¡hasta pronto señora y gracias por el café!”
Se despedía y al voltearse y verme me pasó la mano por la cabeza y siguió su camino con su paso lento y pausado por el golpe de la vara en el suelo. Mientras se alejaba, oí la voz de una niña y entonces vi que mi abuela cargaba entre sus piernas a una niña pequeña con cabellos dorados y unos ojos muy grandes que me miraban con atención.
-“mi niña, esta es una prima tuya. Tu tío la trajo hoy temprano y se va a quedar a vivir en esta casa conmigo”. El rostro de mi abuela estaba iluminado y se veía tan feliz que dentro de mi pecho empezó a crecer una alegría tal que tuve que empezar a reírme y abrazándola, las dos nos reimos de felicidad por primera vez, después de tanto tiempo. A partir de ese día, la casa mágica y el patio misterioso volvieron a ser testigos de mis aventuras vacacionales. El día antes de irnos cuando veía a mi abuela alimentar a las gallinas en el frente de la casa como era su costumbre, recordé la visita del pastor de sueños y le dije:
-“Abuela, que bueno que el pastor de sueños encontró el sueño perdido de mi tía y te lo devolvió. ¡Gracias a eso estás feliz otra vez!”.
Mi abuela con los ojos llenos de lágrimas me abrazó y dijo:
-“¡ay mi niña, que cosas dices! ”

Aquellos años quedaron en mi memoria para siempre, cada verano, cada palabra de la abuela, cada momento vivido. Al crecer me di cuenta de que mi tía trató de suicidarse y murió arrepentida pasando por mucho dolor, dejando una niña pequeña, que luego mi abuela se encargó de cuidar con mucho cariño. No sé si aquel señor era un vecino de mi abuela, quizás.
Para mí siempre será el pastor de los sueños que devolvió un sueño perdido en casa de la abuela y la alegría. Al final, mi abuela siempre dijo la verdad. Los sueños son importantes para poder vivir. Sin ellos puedes morir física y espiritualmente. Son el motor de la vida, de las grandes ideas, de los gestos más nobles, de los grandes avances de la humanidad, pero sobre todo de que tú seas feliz y te sientas pleno y lleno de vida.

Sin importar las circunstancias que te rodeen ¡Nunca dejes de soñar!

Consejos

No te aferres a la cosas
Que no tienes
No te dejes desgastar por la maldad
No pierdas tu tiempo en el silencio
Muestra tu cara, no te ocultes más
La vida es una sola y pasa pronto
Es un tesoro que se puede esfumar
Aprovechala y disfruta mientras puedas
No te pongas a esperar por algo más
Agarra lo que venga con deseos
No deseches una oportunidad
Sal y busca lo que quieres en tu vida
Lucha y grita de alegría o de dolor
Asombrate ante la naturaleza
Respira saboreando cada olor
Siente la cosquilla de la gota de sudor
Que se desprende de tu piel con el calor
Cuando se desliza suavemente
Protegiendo tu cuerpo bajo el sol
No te pierdas en lo que hace daño
Busca siempre para todo una razón
Que no te falten la esperanza, las ideas,
los sueños que alimentan la ilusión
Protege la belleza de tu vida
Cuidala y ayúdala a crecer
Y asi cuando llegue tu hora de partida
Descansado y satisfecho vas a ver
Como se desvanece tu ultimo suspiro
Porque supiste vivir tu vida bien.

Mar rojo

Dedicado a todos los cubanos que un día abandonaron su tierra en busca de un futuro mejor. A los que llegaron y a los que se quedaron en el camino, de los que nadie habla. Basado en hechos reales y uniéndome a todos los inmigrantes del mundo que arriesgan su vida para lograr un sueño.

Era el año 1994 y en la Habana se respiraba muchísimo calor y cansancio. Estábamos en pleno período especial y las calles se veían vacías, sucias y grises.
Yamila miraba al mar desde la azotea del edificio en el que vivía, en Centro Habana. Era de los años 40, de construcción moderna pero en el que se notaba ya el paso del tiempo, la erosión del salitre del mar y la falta de mantenimiento.
Ella vivía en el quinto piso y su balcón daba frente al mar. Subía a la azotea del edificio por una escalerita que tenía en su casa.
Desde allí se podían admirar la bahía de la Habana con su faro y el mar que se extendía en su inmensidad mas allá de lo que la vista podía alcanzar.
Junto a su novio, cada tarde, subían a conversar y hasta tenían las estrellas y la luna para romancear en las noches sin tener que ir muy lejos.
Yamila cada día se preguntaba : “¿Hasta cuando?”
Las cosas no eran fáciles para ella ni para su hermana.
Hace unos años había terminado el bachillerato en una escuela de primer nivel, el preuniversitario de Ciencias Exactas Lenin.
Al graduarse no se decidió por ninguna carrera de Ciencias pero si pudo matricular en Diseño Industrial. A fin de cuentas desde pequeña siempre le gustó la pintura. Antes de terminar el pre, el período especial había comenzado en Cuba y la comida era muy mala pero como “cuando hay
hambre no hay pan viejo” se la comía sin problemas. Los padres de otros niños les traían en la semana algunas cositas para ayudar en algo, como galletas y mayonesa. Sin embargo, ella le dijo a su mamá y a su hermana un día que fueron a verla que no se preocuparan por ella, que allí se sentía muy bien y la comida estaba buena; pero en realidad lo que no quería era que pasaran trabajo para ir hasta allá que era bastante lejos, ni que le llevaran comida porque sabía que les era difícil y les costaba mucho sacrificio. De todas formas ella salía de pase cada quince días.
Cuando terminó el pre y comenzó la universidad
regresó a su casa en la que vivía sola con su hermana.
Sus padres se habían separado en el tiempo que
estuvo en el pre y cada uno se había ido a vivir con su
nueva pareja. Su hermana estaba estudiando en un
Politécnico de Gastronomía y al igual que ella, no era muy diestra con las quehaceres de la casa.
Yamila entre las dificultades con la alimentación, el transporte y el primer año de la carrera que siempre es el más difícil, terminó suspendiendo y perdió su carrera universitaria.
Este suceso la afectó muchísimo pues siempre fué una alumna ejemplar de buenas notas. A partir de ahí decidió olvidarse de los estudios y comenzó a trabajar en un banco de cajera, cerca de su casa.
Allí conoció a Ernesto que era joven como ella. El vivía
con su madre y su padrasto alcohólico con el que no se llevaba bien ya que en varias ocasiones habían tenido serias peleas. Estas terminaban cuando Ernesto se iba unos días de su casa. Por eso estaba viviendo con Yamila y su hermana.
Todos los días se iban juntos para el banco y regresaban por las tardes. Comían lo que se podía. En aquellos tiempos se conseguía la llamada masa de oca que se usaba lo mismo para hacer croquetas que hamburguesas, o lo que fuera. Todo escaseaba, especialmente la comida y el transporte estaba crítico . El dinero no alcanzaba y se sentía una gran presión dentro del país.
Un domingo por la mañana cuando estaban tendiendo
ropa en la azotea vieron con asombro como un grupo
de hombres estaban llevando una especie de balsa hecha de madera.
-“Pero ¿qué cosa es eso?” preguntó Yamila.
-“Oye, a mi me parece que es una balsa, ¡esa gente está loca!” gritó Ernesto corriendo hasta el borde de la azotea para poder verlos mejor.
Yamila soltó los palitos de tender y corrió a su lado
-“¡si los coge la policia!”..
Cuando se perdieron de vista se quedaron pensativos
-“Erne, ya yo había oído que la gente se está tirando para el mar, que están haciendo balsas con lo que se encuentran ¡hasta con carros han hecho balsas! y que
algunos han llegado. Dicen que allá los recogen, los
ayudan y les están dando los papeles para legalizarse.”
Ernesto la mira y le responde
-“Ojalá tú y yo nos pudiéramos ir”
La idea pasó por la mente pero al momento se dieron
la vuelta y siguieron tendiendo ropa con su rutina normal de cada domingo.
Por esos días en la Habana se armaron varias revueltas, la gente se lanzaba a la calle para protestar, habían policias por todos lados y el ambiente estaba caliente.
Un día se corrió la voz de que se había autorizado la salida por el mar de todo aquel que quisiera, que la policía no iba a interferir. Entonces si se armó.

Desde la azotea de su casa, Yamila y Ernesto veían desfilar decenas de familias con balsas de todo tipo. Hechas de lo que encontraban y pensaban que podía flotar en el mar.
Un vecino de ellos, Gustavito, junto con su papá, que fue pescador por muchos años, estaban preparando una balsa para tirarse al mar en esos días. Ya les faltaba poco y les dijeron que podían irse con ellos si querían porque ellos estaban solos y en realidad eran casi como familia de vivir tantos años en el mismo edificio.
Ernesto, Yamila y su hermana no estaban seguros de qué hacer. Al principio estaban locos por irse, pero cuando se les presentó la oportunidad sintieron temor.
Finalmente decidieron marcharse en cuanto la balsa se terminara. Tenían que llevar bastante agua, pan o galletas y sus documentos. Junto a estos últimos, Yamila guardó una estampita de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba y de San Cristóbal para que los protegiera durante el viaje.
Una semana después, ya estaba lista la pequeña
embarcación que el papá de Gustavito construyó basándose en sus conocimientos de pescador y del mar.
Esa madrugada salieron bien tempranito del edificio y recogieron la balsa en casa de Manolo, el vendedor de maní de la esquina que vivía en puerta de calle y por eso la guardaron allí. Lo habían invitado a irse con ellos pero no quiso saber de eso. Decía que ya estaba muy viejo para irse de Cuba y que le tenía miedo al mar. Los ayudó a cargar la balsa hasta el malecón por la parte de la Punta.
Ellos no eran los únicos. En aquellos días había una gran obsesión con irse del país y las balsas y la gente desfilaban por las calles que iban a parar al malecón habanero, como los ríos que por diferentes caminos van a desembocar al mar.
Lograron con mucho trabajo colocar la balsa en el agua. La marea estaba alta y la mar tranquila. La balsa era mediana, estaba hecha con neumáticos de tractor, poliespuma y le pusieron una vela. También tenía un
toldo de lona.
Se fueron subiendo uno a uno. Amarraron las cosas de comer y beber y se fueron acomodando lo mejor posible. Aún era temprano y el sol apenas salía.
Manolo les dijo adiós parado sobre las rocas en la orilla del malecón, con dos lágrimas en las mejillas, saladas como el mar que mojaba sus pies.
La balsa se fué alejando poco a poco. La corriente del mar iba haciendo su trabajo, separándolos lentamente de su costa querida.
Yamila sintió un nudo en la garganta a medida que
veía como su malecón tan bello iba desdibujandose
en la distancia. Eran 5 y estaban muy callados, cada
uno con sus pensamientos, despidiéndose de su tierra
desde dentro y con la incertidumbre y el temor a lo que les deparaba el destino en el vaivén de las olas.
Cerca de ellos iban otras balsas, unas mejores y otras peores. Algunas con muchas personas dentro.
Después de varias horas se podía sentir el salitre en
los labios, ya resecos del calor. Tenían que ahorrar los
alimentos y el agua porque no sabían el tiempo que iban a demorar para llegar a las costas de Estados Unidos. Noventa millas los separaban y parecía como si estuvieran viajando de la tierra a la Luna. Para el que no sabe y teme, cada segundo parece eterno.
Estaban prácticamente a la deriva, dejándose llevar por la corriente del mar. Tenían dos remos que usaban para avanzar un poco si estaba muy calmado el mar pero no podían usarlos mucho porque los desgastaba físicamente. Sabían que tenían que ir siempre hacía el norte.
La primera noche fué difícil. Decidieron amarrarse unos con otros unidos para que nadie cayera al agua dormido y los demás no se dieran cuenta. Ya habían oído de esas historias en la Habana cuando se preparaban para comenzar su travesía.
Yamila estaba asustada, siempre le temió a la oscuridad desde niña y allí, en el medio del mar, en plena noche, no podía verse ni las manos. Le costó mucho poder dormirse.

Temía por ellos, sus amigos, su hermana y su novio Héctor que le acariciaba el cabello sin decir una palabra.
Desde lejos se podían escuchar llantos de niños y algunas voces de personas que venían de balsas más cercanas y que se distanciaban cada vez más unas de otras.
Los días eran muy duros. El sol quemaba y el calor abrasaba. Se repartían agua 4 veces al dia y dos veces comida en pequeñas porciones. Primero se comieron lo que podía echarse a perder y ya después lo que quedó fueron las galletas, la leche en polvo y un poco de pan viejo.
El agua también se iba acabando. A veces, por las tardes, los sorprendían fuertes lluvias y tenían que cubrirlo todo con la lona que llevaban y agarrarse duro unos a otro hasta que todo pasaba. Gracias a eso tuvieron un poco más de agua porque aprovechaban para recoger un poco de agua de lluvia usando la misma lona y llenaban algún pomo plástico. Por suerte, no fueron muy violentas las lluvias ni la marea.
Ya habían pasado 5 días y al amanecer del sexto día pudieron ver esparcidos en el mar las partes de un bote que al parecer había naufragado y estaba deshecho por partes. Todos se horrorizaron al descubrir cuerpos flotando a la deriva de todos los tamaños. Yamila y Héctor se abrazaron fuertemente.
– “¡Dios mio!” gritó la hermana de Yamila, cuando creyó haber visto el cuerpecito de un niño.
Sus rostros reflejaban la angustia y la tristeza por
aquellos hombres, mujeres y niños que perdieron su vida pero también temían porque ellos mismos podían terminar la suya así.
Según se fueron alejando de
aquella espantosa escena e iba amaneciendo, parecía
como si a lo lejos los restos de la balsa y los cuerpos se fundieran con el rojo del amanecer en el horizonte,
como si estuvieran flotando en un mar de sangre.
“¡Caballero, hay que seguir pa’lante!” grito Gustavito
tratando de levantar un poco el ánimo y dándole una
palmada en el hombro a su papá.
Al séptimo día se encontraban un poco deshidratados y débiles. Cuando se había ocultado el sol completamente, sintieron un fuerte sonido, como el de una sirena, que los despertó con un gran sobresalto. Cerca de ellos, se encontraba una lancha de guardacostas norteamericana que los divisó en la oscuridad, se acercó para saber cómo estaban y recogerlos. Les gritaban en inglés y les hacían gestos con los brazos para que se alistaran a subir a la lancha.
Yamila y los demás no podían creer lo que estaban viendo y débiles, temblando, lograron subirse con la ayuda de los marineros.
Ya allí, les dieron unas mantas para que se cubrieran, alimentos y agua. Luego pasó una enfermera y les curó las quemaduras que tenían por el sol.
En la lancha iban otros cubanos que habían
recogido antes que a ellos. Estaban todos sentados en la cubierta, unos frente a otros. Yamila los miraba y ninguno parecía contento. Tenian los ojos muy abiertos, mirando los recuerdos de los últimos días.
Todos estaban como estupefactos, al igual que ella.
Aún estaban procesando por lo que habían pasado y los horrores que vieron. Aunque habían salvado su
vida, sentían una enorme tristeza en el alma, como
si una enorme piedra les oprimiera el corazón por abandonar la tierra que los vio nacer sin saber a lo que se estaban lanzando para volver a comenzar en una tierra desconocida en la que no tenían raíces.
Además, se dieron cuenta que muchos amigos, vecinos y familiares cuando cargaban una balsa para lanzarse al mar, felices de comenzar una nueva aventura, sin saberlo, muchas veces, lo que estaban cargando, era su propio ataúd.

Indudablemente, a Yamila y a los demás, los acompañaría eternamente el dolor, el duelo y la tristeza de haber . un mar rojo con la sangre de tantos cubanos.

Suspiro

Se me va la vida en un suspiro
Que se escapa veloz y sorpresivo
Para avisar que tengo un pensamiento
Que vaga por mi mente sin permiso
Y no sé porqué siento en mi suspiro
Que dejo la vida abruptamente
Es como si escapara en ese aliento
Cálido, suave, envolvente
La luz, el brillo, la cordura
Dejandome sin fuerzas e inconsciente
Bendito suspiro que me arrastra abajo
Y me desconecta de la vida
A veces aunque sea en un instante
Cuando sientes un dolor profundo y fuerte
Necesitas ausentarte de la vida